TEMA 6

Lactancia materna, contacto y apego

Nacemos indefensos

Los monos nacen con aproximadamente el 50% del cerebro del adulto ya desarrollado. Al nacer, son capaces de reptar y, al poco tiempo, de encaramarse a su madre desde el suelo. Necesitan a su madre para alimentarse, para estar calientes y para sentirse protegidos.

Los bebés de los simios están entre 3 y 7 años enganchados a su madre, día y noche; el 95% del tiempo para sentirse protegidos y un 5% para mamar, según describió Harry Harlow en 1957.

Desde el punto de vista evolutivo, andar de pie ocasionó una reducción del radio de la pelvis de las mujeres. El cerebro del futuro bebé no cabría por ese estrecho anillo de su madre si esperara a que tuviera un desarrollo similar al de los pequeños simios al nacer.

Así que nacemos con solo el 25% de nuestro cerebro adulto desarrollado y, por lo tanto, con muchas menos habilidades y capacidades que los monos. Somos el cachorro más frágil e indefenso de la naturaleza, el que más depende de su madre y de su padre para sobrevivir, para crecer y para aprender a ser un ser humano adulto.

Pero las habilidades con las que nacemos son las imprescindibles para que se establezca el vínculo madre hijo y para facilitarnos la futura relación de apego con nuestra madre y con nuestro padre.

En consecuencia, el 75% del cerebro del ser humano se va a desarrollar a lo largo de los 2-3 primeros años de vida.

Ahora sabemos que el trato que haya recibido el bebé durante esa etapa tan sensible de su vida será muy importante en el desarrollo de su cerebro.

Cómo es un bebé

Los bebés se pasan mucho tiempo dormidos o adormilados y, cuando están despiertos, pueden mostrarse inquietos o llorar para que se satisfagan sus necesidades básicas de alimento, contacto, etc. Pero de tanto en cuanto les sorprendemos tranquilos y alerta, prácticamente inmóviles, atentos a lo que pasa a su alrededor.

En alerta tranquila se ha comprobado que los recién nacidos conocen a su madre por su olor y por su voz desde antes de nacer, que ven muy bien de cerca, que necesitan intercambiar miradas con la persona que les cuida y que son capaces de devolver un gesto o una sonrisa.

Necesitan sentirse protegidos, calientes y necesitan alimento. Para ello, necesitan estar pegados a su madre día y noche, o al padre u otro cuidador. Los bebés que están en contacto permanente con su madre o su padre duermen más tranquilos y sólo lloran cuando están enfermos.

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Vínculo afectivo

El vínculo madre-hijo o padre-hijo (vínculo afectivo), son los lazos emocionales que se establecen entre la madre y su hijo (o entre el padre y su hijo); es un instinto biológico que garantiza la supervivencia y promueve la replicación y la protección de la especie.

Es algo, por tanto, inconsciente. No se provoca, sino que ocurre. No es el amor materno-filial. Los lazos afectivos entre la madre y el padre y el hijo son cruciales para la supervivencia y desarrollo del bebé: capacitan a los padres para que se sacrifiquen para el cuidado de su hijo.

El niño conforma su capacidad de relación afectiva y respuesta futura al estrés a través de la satisfacción oportuna de sus necesidades (contacto, comida, seguridad, …) por parte de la madre o de quien le cuida. Se sabe que en este proceso participa la hormona oxitocina como neurotransmisor.

Contacto precoz

Aunque los sentimientos de amor de la madre hacia su hijo recién nacido no son instantáneos, la primera hora parece tener una especial importancia en el establecimiento del vínculo afectivo.

Como consecuencia del trabajo del parto, madre e hijo están en alerta tranquila, pendientes de lo que pasa a su alrededor. Es importante que durante esas primeras horas permanezcan juntos, a ser posible, en contacto piel con piel, así la madre se vincula intensamente, de forma totalmente inconsciente, con su hijo.

Nada más adecuado para el bebé recién nacido que ponerlo en contacto precoz con su madre: colocarlo sobre el cuerpo de su madre, en contacto piel con piel. Porque será una continuidad. Viene del interior del útero, de un ambiente térmico constante, de oler a su madre, de oír su voz y su corazón, de percibir la luz filtrada por la pared abdominal y el útero de su madre.

Si se le deja en decúbito prono (boca abajo) en contacto piel con piel entre los pechos desnudos de su madre, el recién nacido permanece un rato inmóvil y, poco a poco, va reptando hacia los pechos mediante movimientos de flexión y extensión de las extremidades inferiores; toca el pezón; pone en marcha los reflejos de búsqueda masticación, succión de su puño (que conserva el olor del líquido amniótico), lengüetada; huele la piel de su madre (e instintivamente comprueba que huele como su puño); acerca su cara al pecho; se dirige hacia la areola (que reconoce por su color oscuro y por su olor); nota el pezón en su mejilla y, tras varios intentos, comienza a succionar.

A partir de entonces, es más probable que haga el resto de tomas de forma correcta, lo que puede explicar los beneficios que tiene el contacto precoz sobre la duración de la lactancia materna.

En el posparto inmediato aumenta la sensibilidad de la piel de la areola y del pecho de la madre. El contacto de su hijo piel con piel en esa zona, sus movimientos de braceo, su forma de reptar, de lamer y, finalmente, la succión del bebé sobre esa zona tan sensible y sobre la areola y el pezón dan lugar a un aumento de la secreción de oxitocina, la hormona del comportamiento maternal, que contribuye al acceso de amor hacia el bebé.

Como respuesta al estrés y al dolor, madre e hijo han sintetizado endorfinas, que juegan también un papel en el establecimiento del vínculo afectivo.

La madre, con un pico de oxitocina y de endorfinas, en alerta, sintiendo a su hijo tan deseado reptar, lamer y succionar. Y que la mira fijamente con esos ojos tan abiertos, embelesado. El establecimiento del vínculo afectivo es un momento mágico.

Si, por lo que sea, el bebé ha tenido que ser separado precozmente de su madre, aun están a tiempo de establecer el vínculo madre-hijo. Porque cada vez que madre e hijo disfrutan del contacto piel con piel, la madre segrega oxitocina y el bebé pondrá todas sus habilidades en marcha para agarrarse al pecho y para acabar mirando a su madre a los ojos. Cada vez. Durante los primeros meses. Y lo mismo con el padre.

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Apego y crianza

La relación de apego son los lazos emocionales que el bebé desarrolla con su madre y, más adelante, con su padre. Va construyéndose día tras día y mes tras mes durante la más tierna infancia.

Los bebés son sociables por naturaleza y dependen de los demás para sobrevivir. Como afirmó Winnicott “Un bebé no puede existir solo, sino que es esencialmente parte de una relación”. El bebé no sabe controlar ni regular sus emociones, desconoce qué es lo que siente o la emoción que experimenta. A través de las respuestas de la madre a sus necesidades, el bebé aprende a autorregularse. Dependiendo de cómo haya sido criado poco a poco se va forjando su carácter.

El llanto de su hijo ocasiona en la madre una respuesta innata de cogerle en brazos, de calmarle y de atenderle. Solo si está permanentemente en contacto con él, se verá libre de sus llantos. Los consejos tipo “si le coges en brazos, le vas a malcriar”; “que no duerma contigo en la cama, que luego no sabrá dormir solo”; “déjale llorar, que no es malo que llore” van totalmente en contra del instinto maternal y obstaculizan el establecimiento de una relación de apego seguro del bebé con su madre.

El cerebro crece principalmente durante los dos primeros años. Al final del primer año alcanzan su máximo nivel las complejas conexiones entre los 100.000 millones de neuronas. Las conexiones que han sido activadas repetidamente son las que permanecen. La formación y destrucción de las conexiones que tienen que ver con las emociones dependen de la experiencia del bebé durante el primer año de edad. Las comunicaciones de apego inducen cambios importantes en el cerebro en desarrollo, principalmente en el hemisferio derecho, el de las emociones, que predomina durante los 2 primeros años.

El apego se puede definir como la regulación madre-bebé de las emociones con el objeto de conseguir una autorregulación afectiva. El perfeccionamiento de la autorregulación da lugar al desarrollo normal.

Los adultos que han disfrutado de una relación de apego seguro con su madre son personas más cálidas, más estables desde el punto de vista emocional, con relaciones íntimas más satisfactorias, más positivas, más integradas socialmente y
tienen perspectivas coherentes de sí mismos, porque se han activado frecuentemente (y, por tanto, han permanecido) las conexiones nerviosas de la empatía y la estabilidad emocional. Una buena relación de apego les aporta las armas emocionales adecuadas para una buena adaptación y relación social.

El adulto independiente ha sido un bebé totalmente dependiente y, posteriormente, un niño autónomo. Durante el primer año de vida no hay que educar a los niños, hay que cuidarlos, atender a sus necesidades.

El bebé también establece una relación de apego con su padre. Cuanto más cercano sea el padre, más probable es que se establezca una relación de apego seguro.

Durante el primer año el papel del padre es de apoyo a la madre y de juegos. Durante los primeros meses, el bebé espera de su padre juego y estímulo. Jugar con el bebé, tranquilizarle, atenderle y conocerle sentará las bases de un apego seguro del hijo con su padre.

Crianza de separación

Pretende que los bebés aprendan por sí mismos a regular sus emociones. Establece unos patrones de cuidados y unos horarios de alimentación rígidos, no tomar en brazos, mecer o pasear al bebé ni responder al su llanto. Los niños tienen que dormir solos en su moisés y, a partir de los 3 meses, en su propia habitación.

En estas condiciones, un bebé llorón es un bebé malo. El “bueno” es el que apenas llora y se conforma con comer a sus horas y dormir solo entre tomas quien, por cierto, responde a la imagen del bebé ideal, a la expectativa de la mayoría de madres primerizas.

Este modelo de crianza no tiene en cuenta las necesidades de protección, calor y alimento de los bebés ni el instinto de sus madres. Ignora que los bebés no tienen noción del paso del tiempo y que, por tanto, cuando están solos se desesperan. Hace actuar a las madres en contra de su instinto, porque todas las madres toman a su hijo en brazos cuando le oyen llorar.

La crianza de separación estricta comporta que los bebés desarrollen una relación de apego inseguro con sus padres. Se ha relacionado al apego inseguro con el llanto excesivo durante la infancia (o cólico del lactante), los problemas del sueño,
algunos trastornos de la conducta, el síndrome de hiperactividad-déficit de atención, la enuresis y una mayor frecuencia de accidentes (hacen cosas peligrosas para atraer la atención de sus padres).

Silvia Romero Català	Valencia	Primer Premi "Conselleria de Sanitat"

Lactancia materna y apego seguro

Las bases de una relación de apego seguro del bebé con su madre son:

  • El establecimiento del vínculo afectivo madre hijo (embarazo deseado, parto respetado, contacto precoz).
  • La preocupación maternal primaria (la atención de la madre durante los primeros meses está absolutamente centrada en su hijo, por un mecanismo de origen hormonal).
  • La lactancia materna a demanda.

Cada vez que el bebé toma el pecho su madre segrega prolactina y oxitocina. La prolactina, además de ser la responsable de la producción de leche, hace que la madre esté más pendiente de su hijo. Y la oxitocina, que hace que la leche salga del pecho y que la madre sienta amor hacia su hijo. Y eso ocurre cada vez, varias veces al día.

La madre responde a las necesidades de su hijo ofreciéndole el pecho que es, además de alimento, refugio, protección, calor y alivio del dolor. Y lo hace a demanda de su hijo, sin esperar a que llore. Simplemente porque se esté succionando el puño o porque se acaba de despertar.

Si el bebé solo quería consuelo, lo obtendrá enseguida y se quedará tranquilo. Si tenía hambre, se sentirá saciado enseguida. Si se sentía solo, obtendrá protección del abrazo cariñoso de su madre mientras mama. Una y otra vez mientras dure la lactancia, que la OMS recomienda dos o más años.

Colson y la crianza biológica

Los bebés nacen con una serie de habilidades que les permiten alcanzar el pecho de su madre, abrir la boca completamente y mamar de forma eficaz. Como cualquier otro cachorro mamífero.

En 2008, Colson publicó un excelente trabajo en el que describía la posición en crianza biológica (la madre recostada con su bebé encima de ella) y los 20 reflejos que el bebé humano pone en marcha para agarrarse espontáneamente al pecho.

Para que un bebé pueda alcanzar el pecho de su madre por sus propios medios, la madre debe estar echada boca arriba, con la espalda algo elevada (entre 30 y 60 grados).

A medida que pasan los meses, el intercambio de miradas, caricias y gestos entre la madre y su hijo durante la toma es más intenso y variado. La leche materna sigue siendo el alimento más completo para su bebé, pero la importancia de la lactancia materna para madre e hijo desde el punto de vista afectivo es, si cabe, todavía más evidente.

Cuerpo pegado a la madre

La epigenética confirma la teoría del apego de Bowlby

Es bien conocido que John Bowlby (1907-1990), pediatra y psicoanalista, demostró que la relación afectiva del bebé con su madre y, en general, con sus cuidadores, era determinante para su desarrollo.

En su trabajo La naturaleza de la relación afectiva entre el niño y su madre (publicada en 1957), explicaba cómo varias respuestas instintivas del niño (succión, llanto, sonrisa, etc.), se relacionaban con la conducta de la figura materna.

Además, en esos años, ya había nuevos conocimientos que aportaban datos empíricos que permitían interpretar las observaciones obtenidas por Bowlby con niños abandonados.

Dos fueron los más importantes: la teoría de la evolución de los seres vivos desarrollada por Charles Darwin (1809-1882); y la del aprendizaje programado o impronta (imprinting) de Konrad Lorenz (1903-1989) que obtuvo el Premio Nobel de Fisiología-Medicina en 1973.

Esos conocimientos documentan las bases de la Teoría del Apego desarrollada por John Bowlby.

  1. La Teoría del apego, se corresponde con las observaciones de Lorenz sobre el comportamiento de total dependencia de las madres que tenían las crías desde su nacimiento hasta el destete.
  2. Lorenz, investigando el comportamiento post-natal de diferentes animales, observó que durante ese periodo de dependencia materna, se producía una especie de aprendizaje o “marca” en los hijos que formaban la camada.
  3. Lorenz concluyó que ese “aprendizaje” de los hijos no sólo duraba toda la vida, sino que lo transmitían a sus hijos durante ese mismo periodo tras el nacimiento, y estos a los suyos, a lo largo de las generaciones siguientes.
  4. Bowlby concluyó que el fuerte vínculo entre el niño y una figura materna que observó en sus trabajos, formaba parte de una herencia arcaica, que es esencial para la supervivencia de la especie. Es decir, el proceso evolutivo y el aprendizaje programado.

Es importante destacar, que durante mucho tiempo, la teoría del apego suscitó controversias, y no fue totalmente aceptada, como también ocurrió con la teoría de la evolución de los seres vivos.

Sin embargo, el impresionante avance que se está produciendo sobre las bases moleculares del desarrollo prenatal, tanto en las características físicas como funcionales, está mostrando que la teoría del apego se sustenta en bases biológicas.

Existen mecanismos genéticos (en realidad epigenéticos) que han demostrado ser la base biológica de la teoría del imprinting de Lorenz, y también de las observaciones de Bowlby en los seres humanos.

La epigenética es el estudio de modificaciones en la expresión de genes que no obedecen a una alteración de la secuencia del ADN y que son heredables.

Una de las fuentes de mayores modificaciones de los genes es el factor ambiental y puede afectar a uno o varios genes con múltiples funciones.

Por medio de la regulación epigenética se puede observar cómo es la adaptación al medio ambiente dada por la plasticidad del genoma, la cual tiene como resultado la formación de distintos fenotipos según el medio ambiente al que sea expuesto el organismo.

Estas modificaciones presentan un alto grado de estabilidad y, al ser heredables, se puedan mantener en un linaje celular por muchas generaciones.

Así pues el ambiente en que se desarrolla la crianza de un bebé va a tener consecuencias, va a activar o no determinados marcadores genéticos, el bebé que es criado con apego y respeto no tendrá activos los mismos marcadores genéticos que otro bebé criado de otro modo.

La conclusión es clara y hace imprescindible una reflexión profunda, sobre la importancia que tienen los primeros años de vida de nuestros hijos para su desarrollo y adaptación a las diferentes situaciones de su vida.

Pero también, los grandes riesgos que suponen ciertas estructuras de nuestra sociedad, algunas formas de crianza y la atención que se proporciona a los bebés tras el parto, guarderías, etc; sobre todo porque existe una total separación entre los avances científicos en el conocimiento de los procesos biológicos y las normas sociales y culturales de nuestro tiempo.
 

Artículo basado en:

El poder de las caricias. Rodolfo Gómez Papí. Espasa Libros S.L.U. Madrid, 2010

Periodo neonatal, la epigenética confirma la teoría del apego de Bowlby. M.L.Martínez-Frías. Facultad de Medicina, UCM. Congreso Español de Lactancia Materna. IHAN. Bilbao, 2015

 

Artículo redactado por Eulàlia Torras. Asesora de Lactancia de ALBA.
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